Escrito a principios de año, de mi puño y teclas, antes de que el sueño se truncara... cuando no imaginabamos siquiera que iba a terminar así. Hoy, "el día después", lo publico.
Y sí, así somos los argentinos. Patriotas en los mundiales, en los amistosos, en cada partido jugado por la selección.
Hay más banderas colgadas de los balcones durante el mes que dura el mundial que durante todas las fechas patrias de un año. La ciudad de tiñe de celeste y blanco; decenas de modelos de camisetas de todos los mundiales jugados aparecen día a día, junto con gorritos, bufandas y guantes. Al comenzar un partido nos sentimos más argentinos que nunca. Algunos nos paramos al escuchar el himno nacional al inicio, a otros hasta se nos cae un lagrimón. Sí, nos emocionamos. Nos sentimos orgullosos de ser argentinos.
Durante el partido miramos con atención, gritamos, alentamos. Creemos que nos pueden escuchar, que esas palabras de aliento pueden llegar hasta los 11 que están en la cancha. Les pedimos, rogamos, suplicamos. Los retamos, dirigimos e insultamos. Los aplaudimos, alentamos y felicitamos.
Y cuando, por fin, la pelota entra disparada al arco rival... se para el mundo. Y se produce el milagro. Estalla el barrio, la ciudad, el país. Saltamos, nos abrazamos, reímos, lloramos. Toda la nación grita al unísono el tan anhelado: gol! Una alegría inmensa, una emoción indescriptible. Lo que los argentinos sentimos cada vez que juega la selección, cada vez que 11 personas entran a una cancha, local o extranjera, con la camiseta albiceleste. Es un sentimiento que no se explica, que no tiene palabras. Algunos le dicen fanatismo, pero nosotros, los argentinos, lo llamamos pasión.
sábado, 1 de julio de 2006
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