Y así fue como empezó. Si es que podría decirse que fue ahí, porque los meses (más de 12) que venía cargando con esta historia ya me pesaban demasiado.
Interminables semanas de idas y vueltas, histeriqueo lo llaman algunos, que ya dejaban de ser cosquilleos... empezaba a cansarme. La situación no daba para más. Tanto gris que necesitaba definir o blanco o negro.
Entonces surgió el viaje. Un par de días allá para, de una vez por todas, ponerle fin al cuento o principio a la historia. Era un ultimátum.
Salí de Buenos Aires dispuesta a volver con un asunto pendiente menos y esa respuesta que hacía tanto que buscaba.
A medida que pasaban los días, las vueltas eran cada vez más. Al principio, disimuladas. Hasta que ya ni intentabamos seguir con la farsa. Era demasiado evidente, no tenía sentido ocultar que algo pasaba.
Mi orgullo y mis principios me obligaban a mantenerme lo más en la orilla posible, hasta saber que en la pileta había la suficiente agua. Yo sabía que, por más imposible, por más rebuscada, por más difícil que fuera la situación... yo no podía pensar en nadie más. Sabía que era él. Y sospechaba, que era yo.
Así y todo, jugabamos a que eramos amigos. Una, dos, tres noches. Hasta la cuarta. Nunca fui de las que encara, pero mi ansiedad, paciencia y la necesidad que tenía de saber qué eramos llegaron a un punto que casi podría decirse que lo obligé a reconocer qué le pasaba. Porque uno, por más que lo niegue, en el fondo sabe que siente. Y así lo supe.
Es extraño pensar en un comienzo surgido de un ultimátum. Pero las grandes apuestas son a todo o nada.
miércoles, 3 de junio de 2009
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