Por más obvio que suene, sí, el dolor duele. Pero mucho más duele el dolor de otro a quien queremos tanto que daríamos la vida sin siquiera dudarlo un instante.
Porque el dolor propio uno lo puede guardar, lo puede compartir, lo puede esconder, lo puede negar... pero cuando sabe que a ese otro le duele, y no puede evitarlo, y no puede aliviarlo, y no puede hacer absolutamente nada... esa impotencia ante las ganas de querer sufrir para aliviarle el triste momento...
Hoy es una cadena. Mi mejor amiga sufre, porque lo ve a su novio sufrir una pérdida irrecuperable.
Yo estuve en ese lugar. Yo se de la impotencia, yo se del dolor extremo en una mirada que sólo calla y pretende ser fuerte ante el resto. Yo se lo que se siente. Y también se que el mejor alivio es brindar la mejor companía, de la manera que se necesite. No hablando, no llamando, sino estando.
Eso, el estar, se agradece toda la vida. Y no se olvida.
miércoles, 20 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario